§ 38
En el primer capítulo nos hemos referido a la rica diversidad de pueblos —naciones o países— en que se encuentra distribuida la sociedad humana. Hoy en día todos ellos están abarcados por alguna forma de Estado moderno y están sometidos —más o menos directamente— al régimen capitalista de producción social. Cuando los países son capitalistas, la palabra “pueblo” tiene un significado bien preciso. No incluye realmente a toda la población, sino solo a la mayoría compuesta por los trabajadores desposeídos (asalariados o autónomos) y por los pequeños propietarios de capital o de medios de producción. Esa mayoría no-rica es la que, en los marcos jurídico-políticos que hoy denominamos “democracia republicana”, acaba definiendo las elecciones de sus supuestos representantes para ejercer el poder ejecutivo, el legislativo y, solo en unos pocos países, también el judicial. Esto significa que paradójicamente el pueblo es, por un lado, el vasto conjunto de las personas que más carecen de poder económico, y, por otro lado, es el “soberano” que decide en qué autoridades delega provisoriamente el poder político que, según las reglas de la democracia, reside en él como demos.
§ 39
¿Por qué se da esa paradoja? ¿Por qué quienes sostienen el poder político suelen permanecer tan lejos del poder económico? ¿Y por qué se dice que quienes acumulan el poder económico detentan el poder real, esto es, la capacidad efectiva de hacer prevalecer sus propios intereses? Principalmente porque el orden jurídico liberal clásico no solo lo autoriza, sino que también lo promueve implícitamente (cap. II, §§ 25-26). En efecto, en ese régimen todos somos ciudadanos iguales ante la ley, pero esa ley abstractamente igualitaria no toma en cuenta que en realidad somos personas económicamente muy desiguales. Tal ley, que supuestamente trata por igual a los ricos y a quienes no lo son, es en realidad una ley que deja que avance esa desigualdad de poder entre ellos, vale decir, que permite que se imponga el poder económico como poder real, y que por tanto tiende a protegerlo y a fortalecerlo. En otras palabras, es una ley que tiende a permanecer “ciega” frente a esa desigualdad de riqueza material, para mayor conveniencia de las grandes fortunas. De tal suerte, los económicamente poderosos pueden ejercer su poder para comprar la voluntad de algunos supuestos representantes del pueblo, la de diversos formadores de opinión y la de autoridades varias, logrando así que sirvan a sus intereses privados minoritarios y no al interés general del pueblo. Precisamente eso es lo que hace del poder económico el poder real y del poder político popular (o democracia) un mero poder formal que suele verse continuamente defraudado.
§ 40
Y sin embargo, otra gran paradoja de nuestras “democracias capitalistas” es que el único medio con el que un pueblo cuenta para intentar revertir esa desigualdad tan grande de poder real es construir una democracia real, esto es, un poder político que actúe verdaderamente al servicio del interés general o público, atendiendo así la necesidad de mejoras en la calidad de vida de quienes no pueden simplemente comprar en el mercado casi todo lo que necesitan. Frente al llamado poder real, democracia real.
§ 41
¿Cómo puede un gobierno realmente democrático lograr contrapesar al poder económico dentro del régimen liberal-capitalista? La tarea es ardua, pero no imposible. Un buen comienzo es el reconocimiento de derechos humanos universales y fundamentales, como el derecho a la vida, pero a una vida digna, con trabajo, salud, agua potable, educación, vivienda, justicia, seguridad, vías transitables, ambiente sano, acceso a la tierra, transporte, conectividad, información. Pero además, para que esos derechos no se agoten en una bella declaración, la democracia debe desarrollar políticas públicas que garanticen que el pueblo pueda gozar efectivamente de ellos. Aquí es donde aparece toda la relevancia de la política y de la gestión de lo público en general, por oposición a la gestión de lo privado.
§ 42
Hoy sabemos que en el origen de todos los pueblos encontramos comunidades y nunca individuos aislados que decidan acordar un “contrato social”. Lo primero en aparecer en la historia es la construcción colectiva del bien común. Los individuos que tienden a separarse de la sociedad surgen tardíamente, junto con el dinero y la propiedad privada de los medios de producción. En el derecho romano, la res publica indica lo que concierne o pertenece a todo el pueblo, frente a la res privata, que es lo que pertenece a individuos particulares. Y la raíz latina de «privado» es privare: privar, sustraer, separar. Lo privado es etimológicamente lo que se aparta o quita del ámbito común.
§ 43
De hecho, como vimos más arriba (cap. III, §§ 29 y ss.), el “puntapié inicial” del capitalismo se dio cuando grandes masas de trabajadores fueron violentamente separadas de la tierra y de todo medio de producción, siendo así obligados a vender su fuerza de trabajo en el mercado, es decir, a enajenar su actividad laboral para el enriquecimiento de los grandes propietarios. El capitalismo debe su existencia misma a la existencia de esta clase trabajadora que, paradójicamente, depende en lo inmediato de que el capital que ella misma crea “genere puestos de trabajo” y le “dé trabajo”, es decir, le conceda trabajar para él.
§ 44
Resulta evidente que ese pueblo trabajador no posee el poder económico suficiente como para comprar directamente en el mercado todo lo que se requiere para poder llevar la vida digna a la que tiene derecho. Se hace necesario entonces que existan bienes y servicios públicos, para uso y disfrute gratuito de todo el pueblo, es decir, de la población no-rica. Pero también debería resultar evidente que una gestión coherente y eficaz de estos bienes y servicios no puede seguir una lógica estrictamente mercantil o empresarial, la lógica de la ganancia privada, sino otra lógica completamente diferente, una que esté basada en el bienestar general de toda la población, incluso de los ricos. De hecho, aunque estos muchas veces se jacten de la gran autonomía que les brinda su poder económico, es completamente falso que su propio bienestar no dependa también, de múltiples maneras y en inmensa medida, de la infraestructura pública y su buen funcionamiento.
§ 45
Ahora bien, ¿cómo se financia ese gasto público? En general, se apoya en el sistema tributario al que todos los ciudadanos aportamos, por ejemplo, al pagar el IVA de cualquier mercancía. Pero aquí vuelve a presentarse el problema de la igualdad ante la ley y la desigualdad socioeconómica real. Como ya se señaló, si un Estado busca combatir esta desigualdad tiene que empezar por reconocerla. Y una vez que lo hace, sería absurdo que pretendiera que los no-ricos pagaran los mismos impuestos que los ricos, porque esto sería claramente contrario a la lógica compensatoria de las políticas públicas. Además, por el hecho de pagar impuestos más altos el poder económico no cesa en absoluto de existir ni de enriquecerse como tal, sino que sencillamente acepta enriquecerse un poquito menos para contribuir al sostenimiento del sistema público en función de sus mayores recursos.
§ 46
Cuando los ricos son razonables, terminan admitiendo que ese aporte es un precio que pueden y deben pagar por el bienestar general de la población y por la prosperidad y la estabilidad jurídico-política de la sociedad, que son todos factores de los que ellos también se benefician. En cambio, cuando los ricos son necios, mezquinos y miopes, entonces el poder económico se vuelve una amenaza muy seria contra la democracia, contra los pueblos, contra la paz y, en última instancia, contra la sostenibilidad de la vida en el planeta Tierra.
§ 47
Desde hace más de medio siglo, lo que se conoce como neoliberalismo es precisamente la doctrina que, en todas sus variantes, está orientada hacia una defensa reactiva y agresiva del poder económico frente a lo público y, por tanto, frente a los pueblos y la democracia real. Si tuviéramos que reducir esa ideología a su núcleo principal, podríamos señalar que los neoliberales consideran que casi todas las políticas públicas interfieren de manera ilegítima con el poder económico, porque atentan contra la supuesta libertad de los ricos de hacerse cada vez más ricos sin ningún tipo de límite o control externo. ¿De qué modo esas políticas estarían coartando esta libertad? Básicamente por estas tres vías: a) cobrando impuestos a los ricos —aun cuando sean “generadores de puestos de trabajo”—, e incluso impuestos más altos que los que pagan los no-ricos; b) regulando el mercado y controlando el buen funcionamiento de las empresas; y c) promoviendo la existencia de bienes y servicios públicos allí donde podrían existir solamente bienes y servicios privados que le permitieran al poder económico lucrar con cuantiosas ganancias.
§ 48
Los principales medios de comunicación privados son grandes medios de producción de opinión pública que también, como la enorme mayoría de los grandes medios de producción en general, pertenecen al poder económico —o son controlados por este de manera más o menos directa—. Es por eso que, desde hace varias décadas, vienen todos los días y a toda hora intentando de mil maneras desprestigiar y desacreditar la política —que es la lucha por la organización de lo público, dentro y fuera del Estado— y lo público en general, procurando —y en muchos casos logrando— hacer del neoliberalismo un sentido común, una opinión mayoritaria.
§ 49
Desde los años ’70 se viene hablando pestes del transporte público, de la educación pública, del sistema público de salud, de los planes sociales de vivienda, de los medios de comunicación públicos… Se denuncia que casi ningún servicio público funciona, que son tremendamente ineficaces e inútiles, y por tanto debieran ser urgentemente cerrados o… privatizados. No hace falta señalar que esas privatizaciones tan reclamadas vienen avanzando a paso firme desde entonces, y que no significaron una mejora significativa en esos servicios, que ahora se pagan y que, en algunos casos, cuestan muy caro. Hay además una inmensa cantidad de casos en que los servicios sencillamente empeoraron con su privatización.
§ 50
Pero, por sobre todo, el poder económico y los medios de comunicación hegemónicos intentan instalar una idea fija: la política y lo público son sinónimos de corrupción. El discurso neoliberal sostiene que el Estado no solo es ineficiente, sino que existe únicamente para alimentar redes de corrupción perversa. ¿Cuánto hay de cierto en esto? Mucho menos de lo que nos hacen creer. Es verdad que hay políticos corruptos, pero también hay empresarios mafiosos, profesionales deshonestos, comerciantes estafadores, médicos mercenarios, periodistas comprados y curas pedófilos. Pensarlo con honestidad intelectual nos lleva a una sola conclusión: la corrupción no pertenece a un sector en particular. Es inherente a este sistema donde el beneficio privado se prioriza constantemente sobre el interés general.
§ 51
Conviene advertir que la corrupción de lo público es, en sí misma, un negocio redondo para el poder económico. Por un lado, le permite ganancias inmediatas: al sobornar a un inspector, un juez, un legislador o al propio presidente, logra saltarse los límites legales y concretar negocios millonarios. Por otro lado, genera un invaluable beneficio ideológico: al desprestigiar la política y lo público, debilita la única herramienta democrática capaz de ponerle freno a la voracidad de los intereses privados. Así, la corrupción se convierte en la trampa perfecta que ese mismo poder le tiende a la democracia. Cuando se logra que la sociedad equipare la política, los movimientos sociales y lo público con lo inoperante y lo corrupto, se provoca un distanciamiento inevitable. El pueblo termina, naturalmente, odiando o rechazando la política, sin advertir que así abandona su escudo más eficaz: la única defensa que tiene para protegerse de los abusos del capital concentrado.
§ 52
Ahora bien, si la corrupción cumple un rol tan útil para los grupos de poder económico, los gobernantes neoliberales jamás van a combatirla realmente. Todo lo contrario: la estimularán —y la practicarán— mientras destruyen lo público. Dejarán en pie una sola función del Estado: el aparato represivo. Un instrumento indispensable para disciplinar a una sociedad asfixiada por sus medidas y para frenar la protesta social.
§ 53
De ahí la trágica contradicción que ocurre cuando triunfa el neoliberalismo en las urnas: el pueblo le entrega las llaves del Estado a sus principales detractores, a agentes directos del poder económico. Estos supuestos «representantes del pueblo» no solo no comprenden la lógica del bien común, sino que desprecian todo lo que no sea interés privado. Su meta es concretar la utopía neoliberal: privatizarlo todo y disolver lo público en el mercado, provocando un inmenso deterioro en las condiciones de vida de las mayorías.
§ 54
Sin embargo, el carácter utópico del neoliberalismo no solo queda al descubierto por el sufrimiento popular —que acaba por producir una enorme inestabilidad social, jurídica, política y económica—, o por la crisis ambiental que amenaza la vida en el planeta. Se evidencia, sobre todo, en una contradicción central: el neoliberalismo no puede prescindir del Estado. Necesita su esqueleto jurídico, su aparato represivo y sus políticas económicas para subsidiar y favorecer constantemente al poder económico. Por eso jamás cumplirá sus promesas de erradicar la corrupción: porque el neoliberalismo es, en sí mismo, la corrupción política hecha sistema.
§ 55
Por lo tanto, no nos queda otra alternativa que confiar en nuestra capacidad como pueblo para construir una política distinta: transparente, ética y no neoliberal. Una política capaz de enamorarnos y devolvernos la fe en lo público, que es la casa común que nos permite vivir mejor y gobernarnos con soberanía. Porque cuando se arrastra al pueblo hacia el odio por lo público, se lo lleva al autodesprecio. Y cuando un pueblo se desprecia a sí mismo, la democracia se suicida para entregarle todo el poder a quienes lucran con la destrucción.
§ 56
Hacia el final del segundo capítulo nos referíamos al Estado moderno negativamente como un gran «medio de producción de orden social» que nace al servicio de los ricos, aunque asuma la «apariencia de representar los intereses de todos, e incluso —en su versión democrático-republicana— la apariencia de estar también compuesto y controlado por todos los integrantes de la sociedad, como si se tratase de una armónica comunidad de ciudadanos iguales que participan por igual en el gobierno de la sociedad, aunque en esta última reine de hecho el poder de la propiedad privada distribuida de manera extremadamente desigual». Sin embargo, también advertíamos que «el Estado puede también ser profundamente transformado —refundado— y puesto al servicio de la producción de un orden social diferente, uno que sea progresivamente menos injusto» (cap. II, §§ 25-26). Pues bien, ahora empieza a quedar más claro a qué nos referíamos con esto último.
§ 57
¿Qué podemos hacer frente a la actual situación de enajenación capitalista de la comunidad humana, que la aleja de manera acelerada, dolorosa y mortal de sí misma y del resto de la Naturaleza? ¿Qué hacer frente a la salvaje expropiación y la inhumana explotación que ella conlleva? A partir de lo dicho más arriba, se hace evidente que la solución de fondo solo puede consistir en un trabajo político que tienda a lograr gradualmente la reapropiación social general de todo lo enajenado y expropiado. Se trata de iniciar un proceso de recuperación para toda la humanidad de todo lo humano y de todo lo socialmente humanizado, que nos permitiría alcanzar el grado más alto de satisfacción y felicidad colectiva de nuestra especie, finalmente en armonía consigo misma y con el resto de la Naturaleza. La reapropiación es el retorno al sujeto colectivo humano —cohesionado— de toda la riqueza creada por él mismo desde los diversos pueblos, en combinación con el resto de la Naturaleza.
§ 58
El meollo de esa reapropiación consiste en que el sujeto de la producción, el trabajo social en conjunción con la Naturaleza no-humana, logre mostrarse a sí mismo directamente como tal mediante una co-operación o co-laboración social inmediata, unida y fluida, en la que los individuos actúen solidariamente, reconociéndose a sí mismos como productos-productores hermanados por su común pertenencia al mismo proceso de creación colectiva de riqueza entre todos y para todos. Ese trabajo directamente en común y por el bien común —en función de las necesidades de todos, y no del lucro de algunos— equivale a la reconciliación de cada individuo con la especie, con la sociedad humana, y por tanto de esta última consigo misma y con toda la Naturaleza.
§ 59
Es un esfuerzo pleno de sentido, de entusiasmo, de alegría y de compañía. El trabajo de los individuos productos-productores libres y libremente asociados es un trabajo festivo, seriamente feliz, en el que —al mismo tiempo— nos concentramos y nos divertimos, nos perdemos encontrándonos y realizándonos. Nadie querría irse de esa fiesta a un lugar mejor, sencillamente porque no habría un lugar mejor al que quisiera ir. Solo se huye de la sociedad cuando la sociedad es un infierno de enajenación y violencia. En cambio, cuando el interés particular de cada individuo logra armonizarse con el interés general de la sociedad, y viceversa, no queda lugar para el resentimiento, la agresividad, la hipocresía, la inseguridad, la angustia, el miedo o la soledad.
§ 60
Para que pueda darse de manera perfecta esa producción directamente social y no enajenada, las personas tendrían que poder trabajar con medios de producción cuya propiedad y control sean también directamente sociales. Por lo tanto, la reapropiación —en su forma teóricamente más pura— implicaría la expropiación de los medios de producción social previamente expropiados a la sociedad, es decir, la supresión de la propiedad privada de los grandes medios de producción. Tal socialización de los medios de producción permitiría asimismo volver a establecer una relación armónica entre la Naturaleza y el trabajo en común directamente vivido como tal. La producción social dejaría entonces de ser caótica y salvaje. Y también se apagarían los deslumbrantes fetiches. Los sujetos y los objetos adquirirían y manifestarían su justo valor/poder como productos-productores de una bien organizada generación colectiva de riqueza y bienestar por y para todos, incluyendo al resto de la Naturaleza, que también merece nuestro amor y profundo respeto.
§ 61
Siendo realistas, la socialización de todos los medios de producción previamente privatizados no representa un objetivo factible en el presente contexto histórico, caracterizado por la hegemonía del régimen capitalista y el pensamiento neoliberal. Pero sí constituye un horizonte utópico necesario, que nos orienta hacia una reconciliación de fondo con nosotros mismos y con toda la Naturaleza.
§ 62
En cambio, adonde sí podemos apuntar de manera realista y urgente es a que los intereses privados dejen de estar por encima del interés público, procurando así garantizar que cada persona pueda vivir con dignidad y felicidad. Para eso resulta indispensable que el pueblo conquiste ese poderosísimo medio de producción de orden social que es el Estado, poniéndolo al servicio del bien común y refrenando los abusos del poder económico. El Estado puede y debe dejar de ser ese aparato monstruoso e hipócrita que proclama “libertad, igualdad y fraternidad” mientras defiende todo lo contrario. Podemos y debemos evitar que lo sigan controlando las clases dominantes. Podemos y debemos reorganizarlo y refundarlo para que proteja a los explotados, a los violentados, a los marginados y a los descartados por el capitalismo. Cuando el Estado es auténticamente democrático, demuestra que puede resguardar verdaderamente el bien común y defender a las mayorías oprimidas, en vez de funcionar como una máquina represiva al servicio de quienes viven de la explotación.
§ 63
La tendencia a la reapropiación como reconciliación de la sociedad consigo misma y con toda la Naturaleza es lo que llamamos anti-individualismo o ecosocialismo. Esa tendencia no responde a ninguna necesidad objetiva (o fatal) inherente a la marcha histórica de las cosas, sino solamente a la necesidad subjetiva (o vital) inherente a quienes comprendemos que nos resulta imprescindible reapropiarnos —hasta donde sea posible— de todo lo que tenemos en común, y trabajamos políticamente para lograrlo. Entender que la enajenación, la expropiación y la explotación son el origen de la inmensa mayoría de nuestros males, nos mueve a tender a su superación. El anti-individualismo, el ecosocialismo, se trata propiamente de la unidad inseparable de ese entender (teórico) y de ese tender (práctico).
§ 64
Es sabiduría democrática y genuinamente libertaria, porque entiende que la libertad de los individuos solo tiene sentido cuando existe verdadera igualdad de oportunidades para todos, y cuando el individuo se reconoce como una parte viva del trabajo social, no como alguien especialísimo, ni tampoco como el mero engranaje de una máquina impersonal, como ocurre tanto en el capitalismo como en los regímenes totalitarios. El anti-individualismo está también presente en todos los movimientos sociales que trabajan políticamente por la liberación de los seres humanos y de la Naturaleza: indianistas, anticolonialistas, antirracistas, feministas, LGBTIQ+, antifascistas, ecologistas, pacifistas, cooperativistas, entre otros muchos. Es teoría crítica en común pensada desde y para lo colectivo, que guía el trabajo político emancipatorio hacia nuestra reapropiación como comunidad social-natural.
§ 65
No se trata de realizar ninguna acción aislada ni demasiado precipitada, sino sencillamente de ser capaces de extender cada vez más este ecosocialismo. Es obvio que nunca vamos a dejar de ser individuos, pero sí podemos curarnos y curar a otros de ser individualistas. Podemos caminar juntos hacia la reapropiación, hacia la construcción de una sociedad cada vez más justa, solidaria, sustentable, inclusiva, humana. Tal vez pueda parecer una empresa “condenada al fracaso”, una “pérdida de tiempo” reservada solo a espíritus “ingenuos” y “soñadores”. Pero no nos engañemos, seamos realistas. En el fondo, todos sabemos que dar la batalla contra el individualismo es lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos.
(«Fin»)
ÍNDICE
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