II. Enajenación

§ 18

Si nuestro trabajo social global no se muestra directamente como tal, si se nos oculta, es porque se encuentra lastimosamente fragmentado. No tanto porque esté distribuido entre los diversos pueblos que componen la sociedad, sino sobre todo porque —dentro de la mayoría de esos pueblos— se encuentra separado en una multitud de diversos procesos de trabajo privados, aislados y ajenos entre sí. Esta ruptura de la unidad inmediata del trabajo en común se genera cuando los medios de producción social —los recursos naturales y los grandes instrumentos tecnológicos, que también son productos de la Naturaleza y del trabajo en común—, no se hallan bajo el control directo y democrático de la comunidad, sino que aparecen como propiedad/posesión privada, esto es, como un poder propio de ciertos individuos que reclaman tener derechos exclusivos sobre ellos.

§ 19

Bajo esta situación decimos que la sociedad se encuentra enajenada (= alienada) de sí misma como sujeto colectivo del trabajo en común. El carácter social de cada uno de los trabajos privados se pierde de vista realmente porque su aislamiento recíproco es un hecho objetivo. Es por eso que la alienación no es en primer lugar un fenómeno ideológico o psíquico, sino un fenómeno práctico, material, que consiste en la mencionada fragmentación objetiva del trabajo social global. Este trabajo en común, desde cada uno de los trabajos privados, se vuelve pues ajeno a su propio carácter social. Y así cada una de las personas se encuentra inmediatamente enajenada de su propia doble condición de producto y de productor integrante de una totalidad social activa que se halla verdaderamente oculta, invisible, ignorada.

§ 20

Pero la enajenación no involucra solo la relación del sujeto humano colectivo consigo mismo, sino además su relación con la Naturaleza en común que es su base (cap. I). En efecto, la privatización de los medios de producción social genera también la pérdida de toda unidad y toda armonía en el vínculo orgánico entre los seres humanos y la Naturaleza. Una Naturaleza que entonces (des)aparece, a su vez, fragmentada en una multitud de recursos privados aislados, listos para ser explotados de manera salvaje por personas que solo ven su vínculo con el entorno natural y social como un enfrentamiento con fuerzas que les resultan extrañas, ajenas e incluso hostiles, y que por tanto deben ser sometidas a su poder particular.

§ 21

Dijimos que la unidad inmediata del trabajo en común se destruye mediante la privatización de los medios de producción social, y que entonces quienes los señalan como su propiedad/posesión (Eigentum) privada pretenden apropiarse de manera exclusiva del poder de esos medios. Es decir, los convierten en una extensión de su propio cuerpo, como si fueran una propiedad/cualidad (Eigenschaft) personal suya. Y, a la vez, los mismos medios quedan envueltos en esa apariencia de ser “naturalmente” la propiedad exclusiva de alguien. Este fenómeno, característico de la enajenación, es el fetichismo de la propiedad/posesión privada, que se adhiere simultáneamente a los medios de producción y a las personas que los reclaman para sí como su poder personal, cuando en realidad todos los medios de producción y su poder (al igual que todos los demás bienes y servicios) brotan de la Naturaleza y del trabajo social, y por tanto pertenecen a toda la sociedad. Sin embargo, bajo la situación de enajenación, lo que es común a todos se encuentra —como vimos (§§ 18-19)— objetivamente oculto, invisible, ignorado.

§ 22

Ahora bien, como acabamos de entrever, el fetichismo de la propiedad/posesión (Eigentum) privada de los medios de producción genera también un fenómeno más general que, bajo el estado de enajenación social, se extiende a todos los productos de la Naturaleza y del trabajo en común, incluidas las personas (cap. I, § 7). Se trata del fetichismo de la propiedad/cualidad (Eigenschaft) particular, que consiste básicamente en tomar las cualidades, atributos o características de una persona o de una cosa —siempre producidas natural y socialmente— sencillamente como un valor o un poder exclusivamente propio de esa persona o de esa cosa, como algo simplemente dado en ella, ignorando así que ese valor/poder “suyo” es siempre el resultado de un inmenso entramado de relaciones que la excede; de un complejo proceso de producción que involucra a la Naturaleza y al trabajo social, pero que en la sociedad enajenada no podemos ver: lo único que vemos es el brillo de las propiedades/cualidades particulares. Bajo el efecto de este fetichismo, nuestro mundo se encuentra entonces plagado de objetos y de sujetos individuales venerados como valiosos o poderosos por sí mismos, ya que objetivamente no podemos observar con claridad el origen social-natural de su valor/poder.

§ 23

Es así como se vuelve posible el individualismo, que de manera abstracta y obtusa piensa a los individuos como previos a la sociedad e independientes de ella, tomando así el efecto por la causa: como si existieran individuos autosubsistentes que fueran los fundamentos de la sociedad, y no ante todo meros productos de ella que solo luego se le suman también como productores (cap. I, § 7). La forma de ser de los individuos, pues, viene dada por la forma de la sociedad en la que crecen. El individuo no nace siendo individualista, sino que aprende a serlo en su vida social enajenada.

§ 24

La sociedad enajenada es una sociedad que depende del (intercambio de productos en el) mercado. En ella cada persona se ve obviamente privada de toda una serie de mercancías que inmediatamente ella misma no produce, y que por lo tanto se ve obligada a intentar obtener a través de un intercambio de mercancías. Para facilitar estos intercambios no ha tardado en imponerse una mercancía mediadora que es eso que llamamos “dinero”. Así, las personas abandonan masivamente el trueque y pasan a vender y comprar solo a cambio de dinero, el cual se vuelve entonces el más poderoso de los fetiches. Porque en una sociedad en la que (casi) todo se vende y se compra a cambio de dinero, este se vuelve la cosa “mágica” que concentra en sí misma —como una propiedad particular suya— el increíble poder de obtener (casi) todo otro valor/poder humano. El brillo enceguecedor que adquiere así el dinero hace que aparezca como el gran pilar de la vida social, a la vez que contribuye a ocultar todavía más los únicos verdaderos fundamentos de esta, las únicas auténticas fuentes de valor/poder humano, a saber: la Naturaleza y el trabajo en común.

§ 25

Pero ¿cómo mantiene la sociedad enajenada su (des)orden? Lo hace no solo mediante la generalización del fetichismo de la propiedad/cualidad particular, que sigue al de la propiedad/posesión privada (§§ 18, 21 y 22), sino también a través de un medio de producción social muy especial llamado “Estado”. El Estado moderno es ante todo un medio de producción de orden social mediante el dictado de leyes y el uso de la fuerza represiva para imponer su obediencia. Ha nacido como un invento de los individuos materialmente más ricos para resguardar sus intereses particulares, esto es, para conservar —e incluso incrementar— su propiedad privada (= “su” poder económico particular). Pero se muestra como el guardián del interés general y como el gran defensor del orden social establecido, el cual es presentado como el único posible. Así, en el Estado moderno todos somos tratados como iguales ante la ley, y contamos con el mismo derecho a disponer libremente de nuestra propiedad privada. Pero no todos somos propietarios de medios de producción y grandes sumas de dinero para invertir (= capital). Por lo tanto, un Estado que trata como iguales a quienes son tan desiguales es un Estado que perpetúa la desigualdad de poder económico bajo la mera prédica de la “igualdad” y la “libertad” para todos.

§ 26

De esta manera, el Estado moderno se consolida primeramente como un gigantesco aparato constituido por: (a) una formidable concentración de fuerza policial y militar; (b) un conjunto de leyes protectoras de los derechos del propietario privado; y (c) un gran número de agentes (funcionarios, legisladores, jueces, burócratas) encargados de hacerlo funcionar de manera eficaz. Pero además, en segundo lugar, ese Estado asume la ya mencionada apariencia de representar los intereses de todos, e incluso —en su versión democrático-republicana— la apariencia de estar también compuesto y controlado por todos los integrantes de la sociedad, como si se tratase de una armónica comunidad de ciudadanos iguales que participan por igual en el gobierno de la sociedad, aunque en esta última reine de hecho el poder de la propiedad privada distribuida de manera extremadamente desigual. Este Estado constituye así, después del dinero, el segundo fetiche más peligroso de la sociedad enajenada. No obstante, como veremos, en tanto medio de producción de orden social, el Estado puede también ser profundamente transformado —refundado— y puesto al servicio de la producción de un orden social diferente, uno que sea progresivamente menos injusto.


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