§ 1
Nos guste o no, cada persona es una parte diminuta de un pueblo (o nación), que a su vez se inscribe en la sociedad humana (o humanidad), la cual, en su inmensidad, no es sino una parte ínfima de la Naturaleza, esa totalidad que abarca todo el mundo o universo.
§ 2
Cada pueblo desarrolla formas de vida particulares: maneras propias de producir, distribuir, intercambiar y ahorrar; de hablar, pensar y rezar; de amar, vestir, cocinar y comer; de protegerse, cazar y ejercitarse; de cantar, bailar, pintar, esculpir y construir; de transportarse y de divertirse. En definitiva, los pueblos inventan, haciendo, sintiendo y pensando, sus propios modos colectivos de habitar el mundo; es decir, crean culturas propias. Y la diversidad cultural que presenta la humanidad en su conjunto constituye uno de sus mayores tesoros compartidos.
§ 3
Pero hay otro tesoro compartido por todos los humanos que es aún más fundamental. Porque no consiste en lo que nosotros hacemos, sentimos o pensamos, sino en aquello que lo hace posible en última instancia, a saber: la Naturaleza, toda esa espontánea riqueza que encontramos a nuestro alrededor y en nuestro propio cuerpo.
§ 4
Los pueblos se encuentran profundamente condicionados y atravesados por el espacio natural que habitan. Las culturas que se construyen en íntima relación con la selva son diferentes de las que nacen a la orilla del mar; las que surgen en lo alto de las montañas no se parecen demasiado a las que se erigen en pleno desierto, en el polo, o en los valles y llanuras fértiles. Cada cultura nace y sobrevive en la medida en que establece un diálogo y ciertas normas de convivencia con el entorno natural no-humano que es su casa. En este sentido, la sociedad y las culturas nunca son solamente humanas: abarcan también un conjunto de relaciones con otros seres.
§ 5
Además, no solo contamos con una inmensa diversidad natural y cultural a lo ancho del planeta, sino también a lo largo del tiempo. La totalidad de lo real, esto es, la Naturaleza —que incluye a la sociedad humana y toda su actividad, tanto interior como exterior— no es algo que permanezca inmóvil o que repita siempre exactamente los mismos movimientos: va cambiando con mayor o menor velocidad, en mayor o menor medida, y ese proceso de transformación de lo real es lo que llamamos historia.
§ 6
La historia de la Naturaleza no-humana es infinitamente más larga que la historia humana, pero esta cambia mucho más rápidamente que aquella. Tanto que durante mucho tiempo se creyó que la historia era algo exclusivamente humano, mientras que la Naturaleza no-humana era una eterna repetición de lo mismo, o que solo cambiaba en la medida en que los humanos la cambiaran —es decir, la humanizaran—, transfiriéndole así algo del ritmo acelerado de su propia historia.
§ 7
La transformación humana de la Naturaleza circundante —y de la propia humanidad— es siempre producto de la co-laboración, del trabajo social,colectivo e histórico, es decir, de la combinación voluntaria e involuntaria de los esfuerzos individuales. Las personas son siempre productos sociales que a su vez producen en sociedad, o sea, productos-productores sociales. Ninguna persona se hace a sí misma ni viene al mundo siendo capaz de producir algo socialmente útil o valioso. Y los individuos humanos perfectamente aislados y autosuficientes jamás existieron más que en la imaginación. Es siempre el trabajo social lo que nos humaniza, nos forma y nos invita a sumar nuestro propio esfuerzo individual al de las demás personas. ¿Acaso nuestro esfuerzo individual puede incluir algún toque de originalidad? Desde luego que sí, pero eso no debería jamás hacernos perder de vista nuestra condición elemental de productos-productores sociales, frutos y raíces del trabajo social. De lo contrario, caeríamos en una vana y ridícula egolatría individualista.
§ 8
Sin embargo, como ya se dijo al hacer referencia a los pueblos y sus diversas culturas (§§ 2-4), el trabajo humano conjunto no es nuestro único ni nuestro primer fundamento en común, porque a la base de la sociedad siempre estuvo y estará la Naturaleza en general, es decir, toda la realidad material de la que formamos parte. Y esto significa también que la Naturaleza no solo está fuera de las personas —brindándonos tierra, agua, aire, fuego, luz, calor, nutrientes y otros muchos beneficios no creados primeramente por el trabajo humano—, sino que también está en nuestra propia corporalidad animal-humana y sus capacidades innatas: estas son la fuente última de nuestra fuerza de trabajo, que luego será cultivada y desarrollada notablemente por la vida en sociedad.
§ 9
Ahora bien, la mera Naturaleza como tal es salvaje. Esto significa que —tanto fuera como dentro de nuestro cuerpo— existen elementos naturales beneficiosos para la vida, pero también otros que son nocivos y hasta letales.
§ 10
La Naturaleza no solo no ha sido creada por el ser humano —ni por nadie que sospechosamente se le parezca demasiado—, sino que tampoco ha sido creada para el ser humano. Probablemente ni siquiera haya sido creada alguna vez. La encontramos allí, siempre misteriosamente dada de antemano, como la base última de nuestra vida y de nuestra muerte.
§ 11
Es por eso que los humanos siempre trabajamos en común para intentar humanizar lo que la Naturaleza tiene de salvaje —dentro y fuera nuestro—, es decir, para volverla más satisfactoria (o menos insatisfactoria) para nuestra vida. No obstante, esa humanización de la Naturaleza no implica necesariamente despreciar ni dañar equilibrios naturales u otras formas de vida, pues —como ya se señaló (§§ 3-4)— la sostenibilidad y la biodiversidad se cuentan entre las mayores riquezas que encontramos en nuestro entorno. Tener conciencia de especie y trabajar consecuentemente para mejorar la vida humana no es lo mismo que caer en el antropocentrismo y en el especismo, promoviendo la explotación desmesurada de la Naturaleza no-humana, de la cual dependemos absolutamente para subsistir.
§ 12
Recapitulando: los dos fundamentos de nuestra vida como especie son la Naturaleza y el trabajo en común que la humaniza. Ninguno de los dos puede faltar. El trabajo social sin Naturaleza es impotente. Y la Naturaleza sin trabajo social es inhumana.
§ 13
Observemos ahora en qué consiste nuestro trabajo en común, el trabajo social, ese entrelazamiento de afanes individuales, esa gigantesca fuerza natural humanizada que constituye un poderosísimo sujeto colectivo que satisface sus propias necesidades. Como tal, este sujeto plural que entre todos conformamos no debe ser pensado como un gran sujeto individual —es decir, como un Dios o un Espíritu absoluto—, sino como un entramado extremadamente complejo de identidades, sentires, deseos y voluntades que en su diversidad conjunta dan vida al trabajo social. Por lo tanto, este inmenso sujeto colectivo que es la sociedad —empeñada en humanizar lo salvaje para potenciar la vida— no tiene un único sentir ni un único pensar, sino tantos como individuos la integran.
§ 14
Pero, en cambio, el sujeto colectivo humano sí posee un único cuerpo social que actúa siempre de manera conjunta sobre la Naturaleza, más allá de lo que de él sepan u opinen los individuos. Nuestra vida material, nuestra actividad extramental, pues, sí puede y debe concebirse como un inmenso cuerpo con una misma suerte. Somos un gigante de muchísimas cabezas y corazones —múltiples sentipensares— que pugnan entre sí por dirigirlo hacia la felicidad, según las variadas y muchas veces opuestas ideologías que defendemos. Si no logramos ponernos mínimamente de acuerdo sobre cuáles son las necesidades vitales del cuerpo social que compartimos, el riesgo obvio es que ese cuerpo sufra y se enferme mortalmente. Es imposible e incluso indeseable que nos volvamos un solo sentipensar uniforme. Pero sí es posible y apetecible componer una sinfonía sentipensante colectiva que haga vibrar de satisfacción a nuestro cuerpo social cohesionado, más allá de su heterogeneidad constitutiva.
§ 15
Resulta sumamente importante que no confundamos el trabajo en general, constitutivo de la especie humana, con el trabajo remunerado en particular. Este último existe únicamente en los pueblos en los que la fuerza de trabajo es una mercancía, e incluso en ellos, representa solo una parte del trabajo social. Pues el trabajo conjunto de la sociedad abarca también las múltiples labores impagas de cuidado de las personas, dentro y fuera de los hogares. Y también hay que sumar actividades como el estudio, el deporte, la ciencia, el arte, la religión o la militancia: todas estas tareas no necesariamente retribuidas integran ese trabajo en común que hace de la especie humana un sujeto colectivo que trabaja por su bienestar.
§ 16
Retomando lo dicho más arriba sobre los dos grandes fundamentos de nuestra vida como especie (§ 12), podemos ahora especificar lo siguiente. Todas las riquezas, todos los poderes, todas las propiedades valiosas de los seres humanos son a la vez producto de la Naturaleza y del trabajo social: tanto las que están encarnadas en los cuerpos bajo la forma de cualidades personales (físicas, intelectuales, artísticas, etc.), como las que se encuentran exteriormente vinculadas a los individuos como posesiones (muebles, inmuebles, etc.) o instituciones (formas de organización colectiva). Ninguna propiedad valiosa humana puede jamás derivarse solamente de la Naturaleza, ni solamente del trabajo en común, y mucho menos del trabajo exclusivo de unas pocas personas destacadas o hasta de un solo individuo genial. (Las personas más geniales y originales también son claramente el fruto de una gran variedad de influencias y enseñanzas, por no hablar de los cuidados colectivos que les permitieron crecer y destacarse.)
§ 17
Y dado que las propiedades valiosas, los poderes, las riquezas de los seres humanos son siempre el fruto de alguna combinación entre trabajo social y Naturaleza, es decir, de una cierta apropiación (= humanización) de la Naturaleza en común por el trabajo en común, es justo que todas las personas participemos cuanto sea posible de esa riqueza humana que ha sido natural y socialmente producida. Dicho de otro modo, la distribución equitativa de la riqueza y el poder forma parte del proceso de humanización de la Naturaleza salvaje dentro y fuera de nosotros. (La desigualdad humana evitable, en cambio, no es más que un residuo de salvajismo que algunos desean eternizar porque creen que les conviene.)
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