III. Expropiación

§ 27

Hemos empezado recordando que la Naturaleza tiene una historia, y que la historia social-humana, velozmente cambiante, es solo una parte de la historia natural (cap. I, §§ 5-6). Por lo tanto, ni lo natural no-humano ni lo social tienen nada de inmutable y eternamente igual a sí mismo. Y hoy se sospecha que la eternidad o inmutabilidad no es más que una fantasía humana inconscientemente generada por nuestro miedo a los cambios y, en particular, a ese cambio decisivo que es la muerte. Necesitamos creer en la existencia de alguna realidad que sea absolutamente fija, inmóvil, quieta, plena, sólida, segura, atemporal, ahistórica.

§ 28

La enajenación (cap. II) existe desde hace mucho más tiempo que el orden social burgués o capitalista, y por lo tanto, aunque no haya capitalismo sin alienación, esta no constituye el fenómeno capitalista principal. Lo que caracteriza específicamente al capitalismo es más bien la expropiación que, no obstante, solo se vuelve posible sobre la base de la previa enajenación.

§ 29

Pues la expropiación no consiste solo en la privatización de los medios de producción (cap. II, §§ 18-21), sino más bien en la privación de medios de producción a una enorme multitud de personas. Esa privación se produce originariamente mediante la violencia de unos pocos que salvajemente arrebatan y acaparan esos medios de producción social, volviéndose bruscamente ricos a costa del empobrecimiento o desposesión de los demás.

§ 30

Así, por una parte, las personas despojadas se convierten en trabajadores expropiados, desposeídos de medios propios con los cuales poder ejercer autónomamente su fuerza de trabajo (o capacidad laboral) en la producción de los bienes y servicios necesarios para vivir. También se los denomina simplemente “trabajadores” por el hecho de que, al no poder producir sus propios medios de subsistencia, se ven entonces obligados a intentar comprarlos en el mercado intercambiando la única mercancía con la que cuentan: su fuerza de trabajo, su capacidad humana de trabajar. Por otra parte, quienes han acumulado los medios de producción y toda la riqueza arrebatada se convierten en los capitalistas (o burgueses), para quienes los trabajadores expropiados habrán de trabajar si desean subsistir.

§ 31

Pero ¿para qué querrían los capitalistas, que sí poseen todo lo necesario para producir, adquirir también la fuerza de trabajo de las personas expropiadas? Para poder descargar todas las labores más pesadas sobre estas, desde luego, pero también —y sobre todo— para obtener ganancias en el mercado. ¿De qué manera? Mediante la explotación de esa fuerza de trabajo por ellos adquirida.

§ 32

Sucede que, de todos los insumos empleados en el proceso de la producción capitalista, la fuerza de trabajo es lo único que produce valor/poder mientras actúa. La valorización de las mercancías procede de la cantidad de trabajo social promedio que insumen: el valor mercantil de algo está dado por el tiempo de trabajo que la sociedad actual necesita para producirlo. (Por ejemplo: una botella de plástico se produce hoy con mucha facilidad y no vale prácticamente nada, pero habría sido considerada un objeto extremadamente valioso en la Edad Media europea, cuando ni siquiera se había descubierto la fórmula del plástico.)

§ 33

Las personas trabajadoras desposeídas son inmediatamente propietarias de la fuerza de trabajo encarnada en sus cuerpos. Ahora bien, durante todo el tiempo en que ellas deben ceder el uso de su capacidad laboral a los capitalistas, estos pasan a beneficiarse de aquella como si fuesen sus propietarios efectivos, esto es, como si se tratase de cualquier otro de “sus” medios de producción, de “sus” propiedades. Mientras que, por el contrario, durante el tiempo en que las personas expropiadas se encuentran “libres” del poder de los capitalistas, no pueden hacer un uso eficaz para sí mismas de sus propias fuerzas de trabajo por carecer de medios de producción. De poco les sirve, pues, ser propietarias de algo que no pueden utilizar en su provecho y deben entregar casi por completo a sus patrones.

§ 34

Pero la explotación propiamente dicha de los trabajadores desposeídos consiste en que el valor/poder que su fuerza de trabajo produce mientras es utilizada por los capitalistas es siempre mayor —es un plusvalor (= plusvalía)— respecto de la remuneración recibida, ya que no se les paga por el trabajo efectivamente realizado —del que se apropian sus empleadores—, sino solo por lo que cuesta en el mercado la manutención de su fuerza o capacidad de trabajo. Es precisamente de ese plusvalor —generado por ese trabajo extra nunca remunerado— de donde provienen las ganancias del capital propiamente dicho, esa “magia” del dinero que parece valorizarse/empoderarse a sí mismo cuando se lo invierte en adquirir esa maravillosa mercancía que es la fuerza de trabajo de las personas expropiadas.

§ 35

He aquí por qué la clave del funcionamiento del sistema capitalista está menos en la propiedad privada de los medios de producción que en la privación de la propiedad de esos medios para una inmensa parte de la sociedad (§ 29). Dicho de otro modo: el capitalismo no funciona a pesar de que haya personas que carecen de capital, sino precisamente gracias a eso. Todo el sistema se sostiene en la expropiación y en la explotación —que es una continuidad de la expropiación por otros medios— de la mayor parte de la sociedad, así como también en la extracción abusiva de recursos naturales, destructora del medio ambiente.

§ 36

Los “trabajadores” son claramente las personas más desfavorecidas en la sociedad capitalista, donde a la enajenación se suma la expropiación y con ella la explotación de las personas desposeídas. El trabajo es algo inherente a nuestra especie: trabajando, esta se enriquece, se libera, se empodera y se realiza a sí misma. Pero para los trabajadores desposeídos bajo el régimen capitalista de producción el trabajo se convierte, por el contrario, en una carga hostil que los vacía, los degrada y los niega como seres humanos. Porque su trabajo para el capital no les pertenece de ninguna manera: está en todo momento bajo el control de quien lo explota. Entonces es perfectamente comprensible que a ellos no les agrade trabajar en esas condiciones; que se sientan empobrecidos, encadenados, debilitados y perdidos en su trabajo. ¿Cómo pretender que el trabajador expropiado disfrute de ese trabajo suyo que no es suyo? ¿Y cómo no entender que quiera trabajar lo menos posible y abandonar cuanto antes sus tareas, para poder disfrutar de placeres ajenos al trabajo —y por ende a lo más propio de la humanidad— como comer, beber, dormir y hacer nada? Hay un refrán que reza así: “El trabajo dignifica”. Pues bien, el trabajo de las personas desposeídas definitivamente no dignifica, sino todo lo contrario: humilla, rebaja y deshumaniza.

§ 37

Sin embargo, ellos y ellas no realizan la totalidad del trabajo social, ni son los únicos afectados por la enajenación de este en trabajos privados y respecto de la Naturaleza. Por lo tanto, no incumbe solo a la clase trabajadora expropiada advertir la necesidad de una transformación profunda del orden social y llevarla a cabo, sino a todos los seres humanos, incluso a esos pocos ilusos e ignorantes que inmediatamente creen beneficiarse con el capitalismo. Este sistema constituye un (des)orden social que, antes que la cumbre de la civilización humana, es más bien la continuidad más evidente de nuestra Naturaleza salvaje aún por humanizar (cap. I, §§ 9-17). Es preciso que no nos engañemos: el capitalismo siempre es salvaje, aun en sus versiones más “civilizadas”. La prueba más evidente está en que solo es posible humanizar el capitalismo contrarrestándolo y haciéndolo desaparecer de manera no violenta, antes de que él nos haga desaparecer violentamente a todos, mediante su “progreso” en la destrucción de la vida social y natural.


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